sábado, 20 de agosto de 2016

(18 de agosto de un año que ya era mañana).

La tristeza es un tatuaje
puedes convertirla en otra cosa
pero no desaparece.

Hasta donde yo sé, la amnesia es un hueco.

La tristeza es un tatuaje:
una fecha importante
la huella de tu perro
el nombre de tu ex novio
,
el desprecio de la gente
cuando dice que jamás se tatuaría eso
(pero luego se tatúa cualquier cosa).

Hasta donde yo sé, la amnesia es estar enfermo.

La tristeza es estar enfermo
del bazo
de la pleura
de la hora de la siesta
recorrer todo el pasillo de detergentes
buscando a alguien
,
y sobre todo estar muy sola.

Hasta donde yo sé, recordar es fantasía.

Pero yo quise a la cigarra mucho más que la hormiga
querer es querer
si no ya que sea feliz, al menos que esté a salvo
entonces las hormigas serán muy listas, pero no saben nada.

La gente no sabe nada y cree que sí, pero no en las hadas
y por eso se muere
,
quieren besos pero dormir cien años
zapatos de cristal pero andar descalza
,
salvar al tigre de bengala
pero quemar tres trigales llenos de tristes
y por eso en un pajar sólo encuentran paja.

Querer es una aguja.

La tristeza es un tatuaje.

Pero te queda precioso ese pájaro en las costillas.

martes, 16 de agosto de 2016

Cerúleo.

La intimidad arrancada es un beso en la boca del estómago que, al darlo con los ojos cerrados, al final estampas en el escaparate de un Cash Converter (y sobre todo el a ver a quién le cuentas tú ahora eso sin que te ponga caras de mierda).
La gente te prometerá que no es para tanto; que ellos ya lo han vivido, que acabas olvidando. Pero enferma pensar que cualquiera coge, toca, araña o ve por dentro lo que es tuyo. Algunas personas simplemente te sonríen con esa tristeza cómplice (mis preferidas) y otras --alardeando de ayuda o, incluso, vocación-- con un rifle de plástico empiezan a apuntarte:

Cómo era. Qué pasó. Qué has perdido.

Cómo era. Qué pasó. Qué has perdido.

Cómo era. Qué pasó. Qué has perdido.

...

Era azul y era mío. Azul como Mallorca, azul de mierda, azul obsesión/zafiro, azul ser un desastre. Por si sirve de algo, estaba roto desde hace un tiempo, pero funcionaba. Tenía un planeta dentro. Era mío y era azul. Azul como arañazo, azul de porquería, azul hueco celeste.


Y he perdido un millón de cosas.

Un fin de semana en Tarragona y la voz de Hugo para siempre, ¿te parece poco? He perdido un secreto que nunca contaría a nadie, tres caídas, dos placajes, la única prueba de que existo un martes a las tres de la mañana, un escondrijo, un trofeo, mi primera confesión en la veintena, una tarde con Zahara en Malasaña, una historia sobre luces (que inventé), un Puente de Mayo hacia Terabitha, avisos de levántate, advertencias de para, ajustes de cuentas, una clave de acceso, un número importante, el ángulo que desacredita a Heráclito, el recetario de una abuela y el quid del amor de todos los últimos hijos del siglo xx.

Y estuve un 15 de agosto a las 2 de la tarde siguiendo al sol por carretera. Estuve en el asfalto. Metí la mano hasta lo líquido y lo incierto. Convertí mis ojos en canicas de todos los colores --a ver si así-- y rodé por sendas varias como una bola de esparto western. Miré en cada lado; incluso en la previa, incluso antes de la distancia y el espacio, en todo ánimo y rejilla, desde la primera fractura que se hizo tatuaje hasta la separación definitiva que nos desconvirtió en Pangea. Seguí huellas parecidas. Sudé en Budapest. Renuncié a una cosa en Tailandia. Removí arenas estáticas. Soñé que volvía a verle. Rastreé el recinto, Palenzuela, una playa, tres kilómetros. Palpé en mi propio cuerpo un fantasma miembro fantasma. Desperté convencida de haber llegado. He llegado a conformarme con la tiza. He esperado grandes colas y pistas en lugares hostiles. Cromaticé la electricidad y me he roto las rodillas.

He buscado en todas partes, te lo juro
y no he encontrado en ningún sitio
mi puto móvil.




domingo, 7 de agosto de 2016

Reverso de la lista de invitados a mi entierro.

No queda sólo lo bueno. No me duele nada: ni las venas, ni el desprecio, ni una playa, ni el control de ciertas sustancias sobre mí.
No conozco. No extraño. No olvido un nombre ni una cara ni tampoco los recuerdo.
No me avergüenzo de los errores, ni de acumular los (menos favorecedores) errores (la risa, a veces).
No me enfada haber estado tan triste, ni me entristece haber estado tan enfadada.
No guardo tesoros en un baúl verde de conejo ni rencor. No creo en dios como en el hada madrina. No lloro el trofeo desvalijao, la carta de amor retractada, ni la sonrisa idiota.
No duermo. No despierto. No ardo. No cargo mi conciencia ni el móvil; ni las palas a 200, ni el iPod con eternas cantinelas ni en mi espalda con la culpa.
No engordo. No desaparezco. No me escondo ante la evidencia, el rechazo explícito ni el del cobarde, el proceso de ser una pardilla ni la duda sobre por qué me pasaron algunas cosas buenas. No espero grandes palabras, ni que llegue la primavera, ni que descubras entre mis cosas el cajón de las canicas. No declaro la guerra, sentimientos, rentas ni inocencia. No anhelo. No vomito mariposas ni cadáveres. No hago el esfuerzo, ni de tripas bombo y platillo, ni de corazón bombardeo; ni planes de ataque, ni de futuro, ni de los que vuelan en el cielo de una lengua opresora. No sueño con el Señor Patata, ni con el amor de mi vida, ni con la col de bruselas, ni que me comen arañas. No tengo miedo. No tengo saña. No tengo paciencia. No tengo ganas. No odio. No quiero. No perdono. No dejo de hacerlo.
No busco paz, ni éxito, ni crear escuela ni destruirla; ni proclamar propiedad privada mis decisiones, ni discutir si este pelo es sólo mío, o si mis ojos, o si mi cansancio... Ni sentirme halagada si alguien quiere a otra tal y como soy. No pego portazos, ni hostias, ni buenas respuestas en conversaciones inútiles. No pierdo. No borro. No mascullo. No revoleteo. No entiendo. No me importa.
No soy nadie ni me lo hago; ni la lista, ni la tonta, ni la pobrecita tuya, ni lo que decidió llamarme una de esas influencers con trillón de seguidores y verborrea acuosa.
No contesto. No me callo. No alardeo de herramientas, ni métodos, ni de tú te lo pierdes. No giro la cara ni la vuelvo ni vuelvo.
No veo, no oigo, no toco, no huelo, no sé.
No necesito luz, ni agua, ni hambre.
No me estoy muriendo.

Que la tierra os sea leve a vosotros.

lunes, 18 de julio de 2016

La velocidad del pistacho.

Me gustan mis ojos marrones como
el ron barato
el mar cuando ya es demasiado tarde
o una tarde cuando aún estás a tiempo.

Marrones como
la guerra del Perejil
los desiertos del Sahara claritos
como las intenciones
y todo lo que no es literatura.

Marrones como
zapatos gastados de andar
una orilla, una elección, una caída
y despertar
el sitio donde van las cosas que nos dijeron
y parecían ciertas.

Marrones como
patios andaluces
una carta más vieja que antigua
una sustancia que mezclada con agua cura.

Marrones como
una estampida de gacelas
la tercera cosa de cada cosa de septiembre
las manos sucias de hacer lo que les gusta.

Marrones como
problemas adolescentes
un miedo, un abrazo, una luz
y una canción de los Fitipaldis.