lunes, 5 de febrero de 2018

Hay un hilo que une la persona que soy
con cualquiera de las personas que he sido.

Un viernes a medio día,
de marzo temprano
mientras iba de camino a aquel museo
me comía una napolitana de chocolate.

*

Hoy postergo una obligación
simplemente porque no sé
cómo llevarla a cabo

porque averiguarlo requiere de mí un esfuerzo torpe

que no estoy segura ser capaz de resolver con satisfacción.

También postergo otra.

El miedo, inoculado entre mis tareas cotidianas
me ha perseguido como aquel día de camino al museo
en el que no me sentía lo suficientemente preparada para vivir
algo que luego fue de lo mejor que me ha pasado en la vida.

Siempre estoy
escondiéndome cómicamente con mi napolitana de chocolate, y ahí
he dado con la niña rubia y con la niña con flequillo y con la niña
con un tinte obsceno y con la niña-mujer y con la primera mujer
e incluso, aunque entonces no podía saberlo, también conmigo.

Hoy relego, renuncio, evito, rechazo, giro la cara
a las cosas que me dan miedo
y me encuentro.

Y ojalá fuese en la felicidad; ojalá fuese en la valentía imparable
ojalá fuese en el verme con las manos ayudando
ojalá fuese en los ojos del color del que sé
que los tengo

pero, sin embargo, es en el miedo

el miedo a la incapacidad, el miedo al rechazo,
el miedo a lo que ya sé, el miedo a lo desconocido
el miedo al amor, incluso (porque es electrificar el esófago)
el miedo al miedo, el miedo a la soledad, el miedo
a la calma, el miedo a las mujeres, a los chicos
al cuerpo corrompido, a la piel que dice no
a la vulnerabilidad y al ridículo
y al éxito que me aparte


pero quiero pensar: también en las napolitanas de chocolate.

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